De la identidad y fin del cuaderno de bitácora.

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Cualquiera que haya escrito sabe que, antes de la primera línea, uno ha de construirse un personaje, que es el que escribe.

 

Al principio de esta bitácora, hace un año, uno decía:

 

“Hay otra cuestión. Si lo que vemos y lo que vimos (o lo que vieron nuestros mayores) varía, ¿dónde está la visión exacta, la más cercana a la realidad? ¿Estamos seguros de haber avanzado más hacia la verdad?

 La propuesta es desplazar al observador subjetivo, particular, del presente, e intentar ensayar otros puntos de vista. Recuperados del pasado o no. El objetivo es llegar a otras visiones de lo real”.

 

Durante un año uno ha escrito sobre lugares y tiempos presentes y pasados, y también sobre literatura (quizá más de lo que debería) y sobre experiencias personales entreveradas en el texto, de una forma normalmente subterránea, difusa o ininteligible, buscando siempre la verdad, uno cree que con bastante honestidad, o más bien con toda la honestidad que se le puede pedir a una persona.

Pero a la vez que se escribía sobre estos temas, uno ha ido componiendo un personaje, que al principio era un tipo algo confuso y perdido, pero que al final ha centrado sus inquietudes y reflexiones en tres o cuatro asuntos: el tiempo, los sentimientos, la libertad, lo que cabe o se debe hacer y finalmente, el amor.

 

A uno le gustaría haber llegado, como se decía, a otras visiones de lo real. A uno le ha servido escribir para entender otras versiones de su realidad. Pero al cabo uno se da cuenta de que esta realidad no es tanto la realidad del que escribe, del escritor, sino la de este personaje, la que se ha impuesto poco a poco. Al final es este Uno que va y viene por las líneas citando autores y recopilando heterogéneas memorias de los otros, el que se manifiesta. El que en estas reflexiones algún lector despistado haya encontrado algo de interés para sí, o que hayan servido para su simple goce hedónico, son los improbables valores positivos de este esfuerzo. El que alguien haya identificado este Uno con el escritor es un riesgo que ha existido siempre, y no debe culparse a nadie por ello.

 

La identidad propia es algo que asumimos normalmente como axioma. Somos lo que somos, nos gustaría decir en involuntaria cita bíblica. Pero una somera investigación, un poco de reflexión, levantan fácilmente el decorado de lo que pensamos que somos y lo sustituye por incertidumbres y falsedades. ¿Quién es éste que escribe? ¿Quién es el que está detrás del que escribe?

 

Los conceptos, las palabras, nos acercan a otras formas de entender la realidad. Pero la realidad, y en particular la realidad personal, es mucho más compleja que eso. Pensando sobre el que quizá sea único tema que merezca ser tenido en cuenta, el amor, Uno ha llegado a la conclusión de que hemos envuelto el amor en una palabrería compleja, y no sabemos qué es. Y Uno piensa que la clave está en que el amor no es ningún concepto aprehendible. Por eso los diccionarios y los filósofos no saben definirlo. Uno se ha dado cuenta de que amor se define amando. No hay nada más. Los evangelios cifran sus enseñanzas en dos únicos mandamientos, amar a Dios y amar a los otros. Con uno sería suficiente: amar, y punto; porque solamente vale este concepto como imperativo, no se puede llegar a él a partir del pensamiento racional. En el fondo, no se puede hablar sobre el amor; no se puede enseñar el amor mediante la dialéctica; no cabe desentrañar el sentido oculto del amor a través del pensamiento abstracto, de digresiones y citas. Extrapolando esta idea a la vida, no cabe entenderla meditando, o por lo menos no cabe entenderla sólo meditando. Lo que importa es vivir, amar, sea lo que sea: a los otros, a las cosas, a una idea; pero amar en definitiva. El amor es una acción pura; la respuesta es así de sencilla. Vivir se define viviendo.

 

El problema ahora es quién es éste que sigue viviendo.

 

No vale la pena seguir alimentando este cuaderno de reflexiones, un cuaderno narcisista, torpe a veces y pretencioso las más, fruto de un personaje artificial y artificioso. Ahora, cabe la acción directa. Escribir sin lector es un absurdo. Hay que escribir para cada uno concreto, sea cual sea el lugar que ocupa en la vida de cada cual, no para todos, ni para nadie, ni, lo que es aún peor, para uno mismo. Esto es un final para poder seguir adelante con el resto, un final en tiempos de crisis, que significa cambio, metamorfosis, para llegar a ser otra cosa que aún no sabemos, el Uno reinventado en su antigua o nueva identidad.

 

Así que en coherencia con lo anterior, sin más preámbulos, pompa ni ceremonia, se declara por la presente la defunción de abraxas, autor de este blog, a veintiuno de marzo de dos mil nueve, primer día de la primavera. Sit tibi terra levis.

 

21.3.09

 

Refutación de El sueño del rey Arturo en Avalon

Hay muchas formas de ver cualquier asunto, y la mejor manera de llegar a la verdad es a menudo contradecirse a uno mismo. El sueño de Arturo en Avalon, de Burne-Jones, es un cuadro sugerente y extraordinario. Como el aire de una habitación llena de incienso, puede embriagar y hacer perder la noción de la realidad. El cuadro se puede interpretar como una obra de la imaginación y de la búsqueda idealista de los ideales artúricos; pero otras interpretaciones son también posibles.

 

Cuando el pintor se embarca en esta tarea ya es mayor, y quizá piensa que no ha pintado aún el cuadro, la obra que lo hará inmortal. Se aplica con empeño a ello y se olvida de evolucionar: se queda encallado en una obra imposible, gigante, en la que quiere expresar un concepto artístico que en ese momento ya estaba en sus últimos momentos. Monet ya había pintado el desayuno en la hierba hacía dieciséis años; Whistler ya había arrojado al mundo gran parte de su obra más significativa; Cézanne estaba en plena madurez. Burne-Jones se queda en su mundo, el mismo que había conocido treinta años antes, y que venía pintando desde entonces. Pinta un espacio ideal, unos personajes ideales, y todo tiene un cierto aire de farsa, de imposible retratado, acaso porque también el artista vive en un mundo imposible, fuera de la realidad.

 

Es inevitable pensar en la identificación entre el pintor y el personaje. El rey Arturo del cuadro es también el propio Burne-Jones, quien se pinta a sí mismo en el momento de dormir o morir; muere en medio de una cohorte de incondicionales. Seguramente al autor, ya anciano, también le gustaría dormir y poder luego despertar, aunque ya se sabe que, fuera de la leyenda, de donde va Arturo no vuelve nadie. En su ensueño final, al pintor le gustaría tener todo lo que quizá la vida no le ha dado: desearía ser más reconocido, vivir en un mundo imposible de justicia y limpieza, de amor; un universo también profundamente estético, lejos del barro y la injusticia de la vida cotidiana. Al Arturo-pintor le gustaría yacer rodeado de una cohorte de mujeres, imagen que quizá no es tan inocente como pudiera parecer.

 

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En 1669 Rembrandt pinta su último autorretrato. A lo largo de su vida, el holandés se representó de muchas y variadas formas, variables en función de sus circunstancias personales, que iban desde el triunfo económico y la fama a la pobreza y el olvido. Sus últimos autorretratos son los más amargos, pero también los más profundos; son la representación de un hombre que lo ha perdido todo, incluyendo a muchas de las personas que amaba. En la última pintura se ve a un hombre viejo, vestido sencilla o más bien pobremente, sin adornos, escenografías, acompañantes ni énfasis literarios. Todo el esfuerzo está puesto en la expresión y la mirada. No se sabría decir si éstas son burlonas o de una tristeza infinita. Algo, sin embargo, está claro: el retratado, que es un hombre derrotado, conserva una dignidad enorme, una humanidad fuera de toda duda. Contemplar el autorretrato durante cinco minutos es un ejercicio, uno diría, de profundo acercamiento a lo que significa ser humano.

 

Contradecirse es también bueno, cuando ayuda a llegar a la verdad. Uno tiene la tendencia de quedarse en el sitio dando vueltas a lo mismo, y siendo de temperamento más bien meditativo y reflexivo se olvida de la acción, y se identifica con determinadas actitudes y personajes, a veces quizá de forma enfermiza. Por eso uno admira a las personas que tienen el coraje y la determinación de seguir adelante. Sufren; se equivocan a veces; pueden caer en el desaliento o el pesimismo; corren el riesgo de fracasar en el empeño. Pero a veces avanzan, y pueden mirar el mundo con dignidad.

19.3.09

 

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You make me feel so free

Van Morrison 1979

 

Some people spend their time just runnin' round in circles
Always chasing some exotic bird
I prefer to spend some time just listening for that special something
That I've never ever heard
I like a new song to sing, another show or somewhere entirely different to be
But baby you make me feel so free

And so I yearn for mistress calling me
That's the muse, that's the muse
But we only burn up with that passion
When there's absolutely nothing left to lose
I make it to spring and there's no bed of roses
Just more hard work and bad company
But baby you make me feel so free

I heard them say that you can have your cake and eat it
But all I wanted was one free lunch
How can I eat it when the man that's next to me, he grabbed it
Lord, he beat me to the punch

How can I even talk about freedom
When you know it's sweet mystery
But baby I wanna say that you make me feel so free

I'm gonna lay my cards just right down on the table
And spin the wheel and roll the dice
And whatever way it comes out
And whatever way it turns out
Well you know that's the price
Well I'll order again there's no need to explain
I just need somewhere to dump all my negativity

But baby you make me feel so free

What ya say what you say
What you say what you say what you say
Say it say it say it say it again,


You make me feel so free.

 

Traducción libre:

Hay gente que gasta su tiempo corriendo en círculos

Persiguiendo siempre algún ave exótica;

Yo prefiero pasar un rato esperando oír ese algo especial

[que nunca he oído;

Me gusta tener una canción nueva que cantar, o estar en algún sitio

                                                           [totalmente diferente,

Pero, cariño, tú me haces sentir tan libre.

 

Y me enternezco por las amantes que me llaman

(Eso es la musa, es la musa)

Pero solamente nos encendemos con esa pasión

Cuando no queda absolutamente nada que perder.

Lo hago para liberarme, y no es un lecho de rosas,

Sólo más trabajo duro y malas compañías;

Pero, cariño, tú me haces sentir tan libre.

 

Les oí decir que puedes conseguir tu trozo del pastel y comértelo,

Aunque lo único que yo quería era una comida gratis;

Cómo voy a ser capaz de comérmelo, cuando el que está junto a mí

Me lo ha quitado y me ha dado una paliza;

Cómo puedo siquiera hablar de la libertad,

Cuando se sabe que es un dulce misterio,

Pero, cariño, quiero decir que tú me haces sentir tan libre.

 

Voy a descubrir mis cartas en la mesa,

Y a dar vueltas a la ruleta, y a lanzar los dados;

Y sea lo que sea que salga,

Y pase lo que pase al final,

Ya se sabe, ése es el premio;

Volveré a intentarlo, no hace falta ninguna explicación:

Sólo necesito algún sitio para descargar toda mi negatividad;

Pero cariño, tú me haces sentir tan libre.

 

Lo que dices,

Dilo, dilo otra vez:

Tú me haces sentir tan libre.

 

 

El sueño del rey Arturo en Avalon

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E. C. Burne-Jones (1881-1998)

Exposición temporal en el Museo del Prado hasta el 31 de Mayo

 

(NOTA: este texto es una reseña de un cuadro que se expone temporalmente en el Museo del Prado. Es un texto bastante largo. Al que no le interesen los mitos artúricos o la pintura, puede ahorrárselo sin cargo de conciencia).

 

La leyenda del Rey Arturo es conocidísima, y son multitud los autores de distintas épocas que le han dado cauce. Brevemente: Arturo llega a ser rey al sacar la espada Excalibur de la piedra, y lleva a los ingleses a varias victorias militares. Establece la estabilidad política y la unidad en el reino desde la capital, Camelot, y funda la orden de la Tabla Redonda, que en último término tiene como objetivo la obtención, a través de las reglas de la caballería y la conducta honrosa, del Santo Grial, el cáliz utilizado en la última cena y que podría suponer el triunfo sobre la guerra y la muerte.

Arturo no es un héroe ni un dios, sino un hombre y comete errores. Acosado por las profecías de Merlín (según Malory), obliga a desterrar a todos los niños varones para evitar a Mordred, fruto incestuoso de sus relaciones con su media hermana Morgana. Desposa a Ginebra, quien después le traicionará con el caballero Lanzarote en un episodio fundamental en la trama, pero nada claro, lo que provocará el conflicto y la guerra que dirige el propio Arturo contra las tropas del francés. Arturo acabará sus días tras la batalla definitiva con su hijo Mordred, quien será derrotado, pero le infringirá tales heridas a su padre que no podrá seguir viviendo.

 

La muerte de Arturo es motivo de querella:

 

Todavía en la actualidad queda por aclarar un misterio que rodea al rey Arturo de Inglaterra, a aquel tierno corazón que fue el centro mismo de la Tabla. Creen algunos que él y Mordred murieron enfilados el uno por la espada del otro. Robert de Thornton dice que fue cuidado por un cirujano de Salerno que, tras examinar sus heridas, dijo que nunca podría recuperarse. Entonces el rey «dijo In manus(*) con gran valor y ya no volvió a hablar». Los que están de acuerdo con este relato afirman que fue enterrado en Glastonbury, bajo una losa que decía: Hic Jacet Arturus Rex Quondam Rex Que Futurus(**) . Afirman también que su cadáver fue exhumado por el rey Enrique II para molestar a los nacionalistas galeses, que afirmaban que aquel gran rey no había perecido. Decían las gentes del País de Gales que volvería para ponerse al frente de su pueblo, y también afirmaban mendazmente que su nacionalidad era británica. Adam de Domerham nos cuenta, por otro lado, que la exhumación se llevó a cabo el año 1278, durante el reinado de Eduardo III, quien, por cierto, hizo renacer en 1344 la Tabla Redonda como orden de caballería tan importante como la de la Jarretera. Cualquiera que sea la fecha real, la tradición cuenta que los huesos exhumados correspondían a un hombre de estatura gigantesca, y que el pelo de Ginebra era dorado.

 

Hay también otra historia, creída por muchos, según la cual nuestro héroe fue trasladado al Valle de Affalach por un grupo de reinas que le transportaron en una barca mágica. Al parecer, estas reinas le trasladaron a través del Severn a su propio país para curarle allí sus heridas.

 

Los italianos hablan de un tal Arturo Magno que fue llevado al Etna, donde, según dicen, todavía se le ve a veces. El español Don Quijote, un caballero muy culto que se volvió loco por leer leyendas de caballeros, afirma que se convirtió en cuervo, afirmación que a quienes hayan leído nuestro humilde relato no les parecerá ridícula precisamente. Y además están los irlandeses, que le han mezclado con uno de los Fitzgerald y declaran que anda dando vueltas a un fuerte situado en una colina, con la espada desenvainada y cantando la Canción de Londonderry. Los escoceses tienen una leyenda que habla del

    

     Caballero Arturo,

     que cabalga de noche

     con espuela dorada

     a la luz de la vela,

    

y todavía juran por él en Edimburgo, donde creen que les preside desde la Silla de Arturo. Los habitantes de la Bretaña afirman haber oído sonar su cuerno de caza y visto su armadura, y también creen que regresará. Un libro titulado La historia del Santo Grial, traducido al inglés por un irascible erudito llamado doctor Sebastian Evans, dice, por el contrario, que el rey Arturo está todavía enterrado en un monasterio cercano a las marismas, de donde nadie le ha sacado. Una tal señorita Jessie L. Weston menciona un manuscrito que ella llama el 1533, y que está apoyado por La Morte d'Arthur, en el que se dice que la reina que fue a llevárselo era nada menos que la vieja hechicera Morgana, su hermanastra, y que se lo llevó a una isla encantada. El doctor Sommer cree que toda la historia es absurda. Un montón de gentes que se llaman Wolfram von Eschenbach, Ulrich von Zatzikhoven, Dr. Wechssler, Dr. Zimmer, y el señor Bobo y otros dejan completamente a un lado el asunto, o bien permanecen a flote en su erudita confusión. Chaucer, Spenser, Shakespeare, Milton, Wordsworth, Tennyson y algunos otros testigos dignos de crédito están de acuerdo en que sigue en la tierra, aunque Milton se inclina a la opinión que está bajo ella (Arthurumque etiam sub terris bella moventem(*** ), mientras que Tennyson cree que volverá a visitarnos «como un moderno Caballero de porte majestuoso», posiblemente al estilo del príncipe consorte. Shakespeare por su parte hace que nuestro querido Falstaff no vaya a morir junto a Abraham sino en el regazo de Arturo.

     

* «En Tus manos.» Ea frase completa, pronunciada por Jesús en Lucas 23:46, dice: «En Tus manos encomiendo mi espíritu.»

** «Aquí yace Arturo, el rey que fue y que será.»

*** «Y también Arturo, que fomentaba guerras debajo tierra.»

 

WHITE, T.H. “El libro de Merlín”

 

Llegamos ahora a la materia del cuadro. Burne-Jones toma la leyenda del rey moribundo llevado de vuelta a Avalón, la isla mítica del oeste de Inglaterra, donde es atendido por cuatro reinas. En esta interpretación del ciclo artúrico, el rey no muere sino que duerme durante siglos, hasta que llegue el momento de su regreso. Malory dice que en la tumba de Arturo reza la inscripción: Hic Jacet Arturus Rex Quondam Rex Que Futurus, y esto es en cierta medida coherente con la historia anterior.

 

El cuadro tiene su propia historia: fruto de un encargo del que luego fue dispensado, Burne-Jones le dedicó diecisiete años de su vida, y no llegó a entregarlo, al sobrevenirle la muerte antes de su conclusión, si bien este último aspecto es discutido (el de la finalización del cuadro, el de la muerte del pintor parece que está claro). Entre los prerrafaelistas (o prerrafaelitas) estos temas literarios medievales o fantásticos tuvieron gran predicamento, bien sea como fuente de inspiración ideológica o por su potencial estético. En el fondo, los prerrafaelitas fueron sobre todo unos estetas.

Sin embargo, uno cree que nadie se embarca en una aventura de diecisiete años por estética. Más bien uno es de la opinión de que el tema artúrico y el episodio del sueño o la muerte de Arturo son de tal complejidad e interés, que ocuparon a Burne-Jones durante ese tiempo.

 

El cuadro es enorme, monumental en dimensiones y composición. De más de seis metros de largo, es una pieza bastante horizontal, donde se mezclan aspectos naturales (vegetación), arquitectónicos y figuras humanas. El cuadro está compuesto con una perspectiva central muy clara, fugada hacia el centro, que es el túmulo donde yace Arturo. Gran parte del cuadro lo ocupa una arquitectura de orden indefinible, tosco en sus formas pero muy decorado, con dos umbráculos que avanzan ambos lados, protegiendo el cuerpo central, más bajo y soportado por cuatro columnillas oscuras que sostienen un cuerpo adintelado y cubierto a un agua. En esta pieza se representan mediante bajorrelieves escenas de las hazañas artúricas y de la búsqueda del Grial. A lo lejos y a ambos lados de la pieza principal, se extienden las murallas que encierran lo que parece un jardín, verde a la izquierda y consumido a la derecha. En primer plano se ve un espacio de césped con pequeños grupos florales. La impresión es de cierta distancia del observador sobre el cuadro.

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Todos los personajes se distribuyen a la altura de los ojos, en la misma horizontal, de pie o sentados en el suelo, acompañando la atmósfera general que es de serenidad y cierta tristeza. En la pintura, con la excepción hecha del yacente Arturo, sólo aparecen mujeres: tanto las reinas acompañantes, como las cortesanas, e incluso los soldados, son mujeres. Avalón es, al parecer, un reino fundamentalmente femenino, y ya veremos que esto no es casual. En el centro de la obra, la escena principal incluye varias figuras alrededor del lecho donde yace el anciano rey, que inclina la cabeza y recuesta su cuerpo, aparentemente ya inanimado, hacia el observador. La cabeza del rey reposa en el regazo de Morgana, su hermanastra y madre de Mordred. Esta levanta las manos en actitud orante por encima de la cabeza, en gesto quizá de patetismo controlado, de sortilegio (no olvidemos que Morgana es hechicera) o de ruego a alguna divinidad pagana. Un pliegue de la manga cae sobre la cabeza del rey y se alinea con la corona, que está en tierra más abajo, generando una tensión vertical que puede sugerir interpretaciones diversas. A los pies del rey se ubican las otras tres reinas que, según la tradición, lo atendieron. Sentadas, unas cortesanas tocan diversos instrumentos de cuerda. Separados del grupo central aparecen otros personajes a ambos lados, siempre en pie, que custodian la escena u otean el horizonte.

 

La fuga de la perspectiva del cuadro se dirige al centro del mismo, hacia el espacio del rey yacente, pero son embargo no coincide con ninguna figura. La fuga apunta al cortinaje azul del fondo, hacia un punto impreciso o no descubierto. Sobre el lecho cuelga una lámpara, pero no es éste tampoco el centro de la fuga. Los instrumentos musicales de las cortesanas, de vestimentas verde y roja, sentadas de espaldas al observador, tensionan diagonalmente la composición hacia ese punto oculto. Los colores del resto de acompañantes de la escena central también generan relaciones opuestas: simétricamente, la túnica blanca de Morgana se repite en la plañidera sentada de la derecha; la arpista de la izquierda se opone a la reina de la derecha, también con túnica escarlata.  

 

El conjunto de las reinas y las cortesanas alrededor del lecho de Arturo es de un extraño equilibrio más allá del patetismo de la escena: el rey duerme o muere en medio de una profunda serenidad, quizá con la confianza puesta en su próxima regeneración, o simplemente cansado, con el cansancio de la vejez y las batallas. Las mujeres velan el sueño, o quizá lo provocan (Morgana), sin llantos ni desesperación. La luz que cuelga sobre Arturo no se apaga, y quizá ahí reside el punto de la esperanza del cuadro, que se ve igualmente reflejado en las flores y la primavera que se insinúa en el extremo izquierdo de la composición, por contraste con el paisaje desolado de la derecha.    

 

Sigue aquí una interpretación. Arturo es un hombre, condicionado por su medio y su educación. Comete errores, persigue la perfección y la virtud, actúa para promocionarla, pero se encuentra con los obstáculos derivados de la propia naturaleza humana: la debilidad, la traición, el error. Al final, su historia es un fracaso. Arturo muere, y con su muerte se sella el sueño de un hombre que intentó acometer tareas propias de héroes paganos, y que sucumbió. El mensaje del mito, que recoge el cuadro, es que los valores artúricos han sido postergados, pero no han muerto. Para seguir adelante con los ideales de la Tabla Redonda ha de creerse en un renacer de los mismos. Arturo habrá de volver a reinar; los principios de la caballería se impondrán al final. Arturo duerme velado por el núcleo antiguo de Inglaterra, su madre patria femenina, que espera el momento del retorno. Y para que ese retorno sea posible, ha de contarse con una milagrosa capacidad de regeneración. Al igual que la Naturaleza vuelve a nacer en primavera, los ideales caballerescos volverán a los reinos de los hombres; a través de lo femenino se redimirá la destrucción. La creación es más fuerte que el tánatos.

 

El que más de un siglo después de terminado el cuadro de Burne-Jones, tras dos guerras mundiales y multitud de calamidades, siga pudiéndose mantener esta interpretación; el que este cuadro siga existiendo y se pueda ver por cualquier persona en un museo, manteniendo estos ideales, es, en los esperanzados corazones de algunas personas, señal de que el sueño de Arturo es tal sueño y no muerte.

 

Aquí podría acabarse esta reseña y nada pasaría. Pero, y esto ya entra dentro de lo personal, es obligado contar que uno se ha quedado un buen rato contemplando el cuadro y éste le ha impresionado profundamente por razones que no sabría explicar. Los prerrafaelitas son una corriente (o quizá una secta) que uno conoce desde hace tiempo, desde que empezó a trastear con lápices y pinceles, y a los que había casi olvidado. Es posible que este cuadro haya despertado recuerdos de otros tiempos, y, claro está, añoranzas de entonces. Pero es que además el cuadro, le parece a uno, tiene un aire extrañísimo de misterio y de simbolismo inexplicado; quizá pese también la impresión de que es un cuadro fuera de su tiempo, cronológicamente muy impreciso. También ha influido, sin duda, el peso que el universo femenino tiene en esta pintura, un universo que uno conoce poco y, por qué no decirlo, no entiende bien(1). La extraordinaria historia de la larga gestación de la obra y su relación con los últimos años del autor, su agonía y su muerte, también generan incertidumbre. El contraste entre el silencio del sueño y los instrumentos musicales, que sin embargo aparecen mudos en distintas partes, a uno también le deja indeciso. A estas preguntas quizá solamente quepa responder con la contemplación del cuadro, insistiendo en su estudio para esperar, igual que se espera el retorno de Arturo, la llegada de la iluminación.

 

15.3.09

 

(1) Se habla aquí del universo femenino y no de las mujeres: un lugar común sería decir que los hombres no entienden a las mujeres. No es esto lo que se quiere decir. Hay una subterránea corriente que discurre entre la mitología, la religión y la filosofía, que habla de lo femenino, y que

puede abarcar desde las bacantes a los mitos artúricos o las brujas de Caro Baroja.

I wish I knew how it would be to be free

I Wish I Knew How It Would Feel To Be Free
(Billy Taylor, Dick Dallas; int. Nina Simone)

 

I wish I knew how
It would feel to be free;
I wish I could break
All the chains holding me.
I wish I could say
All the things that I should say,
Say 'em loud, say 'em clear
For the whole round world to hear.

 

I wish I could share
All the love that's in my heart,
Remove all the bars
That keep us apart;
I wish you could know
What it means to be me,
Then you'd see and agree
That every man should be free.

 

I wish I could give
All I'm longin' to give.
I wish I could live
Like I'm longin' to live.
I wish I could do
All the things that I can do,
And though I'm way over due
I'd be starting a new.

 

I wish I could be
Like a bird in the sky:
How sweet it would be
If I found I could fly;
I'd soar to the sun
And look down at the sea,
Then I'd sing because I'd know
How it feels to be free.

 

No conocía la canción; la escuché el otro día por la radio en la versión de Nina Simone y me ha parecido que podía ponerse aquí, por si alguien más está en mi caso y le interesa. Evidentemente, me ha gustado mucho.

Aunque creo que es bastante conocida, por si alguien quiere escucharla sin necesidad de convertirse en un criminal perseguido por la ley bajándosela ilegalmente :

http://www.youtube.com/watch?v=nCodBBnUYRE

Para el que quiera saber algo más:

http://en.wikipedia.org/wiki/I_Wish_I_Knew_How_It_Would_Feel_to_Be_Free_(song)

 

P.S: Me he molestado en hacer una traducción libre, no muy rigurosa y métricamente lamentable, para los que no dominen el idioma de Chéspir. Ahí va.

 

Querría saber cómo es sentirse uno libre,

Querría romper las cadenas que me atan;

Querría yo decir lo que habría de decirse,

Decirlo alto y claro, y que el mundo lo oiga.

 

Querría compartir todo el amor de mi pecho,

Romper los barrotes que nos tienen separados;

Querría que supieras lo que es ser yo mismo,

Y que comprendieras que todos han de ser libres.

 

Querría poder daros todo lo que deseo daros,

Querría poder vivir como deseo vivir,

Querría poder hacer todo lo que sé hacer:

Aunque estoy acabado, empezaría de nuevo.

 

Querría poder ser como un ave en el cielo,

Sería dulce entender que al fin puedo volar;

Subiría hasta el sol, otearía el océano,

Cantaría al saber cómo es sentirse libre.

 

 

14.03.09

Hamlet o la cuerda floja

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Hamlet es emblema de la duda, pero ya se sabe que Hamlet es muchas cosas. Duda si actuar o no para vengar el rey asesinado, intenta acercamientos laterales y refinados a su tarea, la posterga o la dilata. Un acontecimiento trágico, la muerte de Ofelia, precipita el desenlace, que satisface a un alto precio los requerimientos de la honra del antiguo rey y del estado de Dinamarca.

 

Hamlet tarda en decidir, pero decidir no es lo más difícil. Decidir lo puede hacer cualquiera, decidir lo hacen cualquieras en cualquier sitio, no hay más que leer la prensa. Lo difícil es afrontar las consecuencias de lo que se decide. Hamlet es quizá demasiado consciente de ello, y como persona sensata, duda. Quizá las personas indecisas no sean, como pudiera pensarse, los más imaginativos o idealistas, sino los más racionales.

 

Cuando tomamos una decisión, inevitablemente desechamos el infinito número de posibilidades que no elegimos. De todas las vidas posibles elegimos una a cada instante, y esto es irrevocable. Los fantasmas acosan a Hamlet para que se decida a cumplir con su deber. En la prosaica vida real a veces también nos asaltan otros fantasmas, que son los de las vidas que no tenemos porque no las hemos elegido, acaso por inconsciencia; vale reconocerse en el otro que ha logrado lo que uno desea, vale añorar a tal o cual persona, que pudimos tener y no tuvimos. No se habla aquí de envidia; la envidia ocurre sin más al ver al otro con algo que uno desearía: se habla de ver reflejadas en los otros las consecuencias de no haber tomado la decisión correcta. Estos fantasmas son de los peores que uno se puede encontrar: son negros, atrabiliarios, y a uno no se le ocurre otra forma de describirlos que comparándolos con una suerte de Qué bello es vivir al revés, donde, no un ángel sino un demonio, nos mostrase las cosas maravillosas que hubieran sido si hubiésemos decidido algo diferente en las mismas circunstancias; si no nos hubiésemos callado o hubiésemos dicho lo que teníamos que decir en tal situación; si hubiéramos conocido a alguien en el momento preciso de nuestra vida y no antes o después. Estos fantasmas pueden torturarnos haciéndonos ver que esa otra vida que no vivimos ya es imposible, ya no existe.   

 

De ahí que haya personas que dilaten las decisiones, que prefieran, consciente o inconscientemente, vivir imaginariamente y en potencia todas las infinitas vidas posibles, esperando en la cuerda floja de la incertidumbre hasta que el viento les haga caer al suelo, o alguien venga y les empuje; para ellos suele ser lo mismo, porque es más fácil afrontar el fracaso por las circunstancias externas que por las decisiones que uno mismo ha tomado. El valor de Hamlet no reside en optar por la acción más honorable; el valor está en saber que esa decisión va a ser catastrófica, que culmina en drama.

 

Uno piensa que está excesivamente valorado el valiente que toma la decisión, que osa actuar; la persona verdaderamente valerosa es la que, habiendo decidido y habiendo fracasado, es capaz de enfrentarse a los fantasmas de lo que pudo haber sido y no fue, o de las consecuencias de su error, que muy habitualmente nos duelen más cuando afectan a personas queridas que a nosotros mismos. El verdadero valor, desde este punto de vista, es el que tiene el derrotado que no vuelve la cara al desprecio de los otros y al imposible futuro que nunca ocurrió.

 

13.3.09

 

Nueva digresión de temática amorosa: Schopenhauer vs Bogart

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En ese gran interés se fundan lo patético y lo sublime del amor, sus transportes, sus dolores infinitos, que desde millares de siglos no se cansan los poetas de representar con ejemplos sin cuento. ¿Qué otro asunto pudiera aventajar en interés al que atañe al bien o al mal de la especie? (…) Cuando el instinto de los sexos se manifiesta en la conciencia individual de una manera vaga y genérica, sin determinación, precisa, lo que aparece, fuera de todo fenómeno, es la voluntad absoluta de vivir. Cuando se especializa en un individuo determinado el instinto de amor, esto no es en el fondo más que una misma voluntad que aspira a vivir en un ser nuevo y distinto exactamente determinado. 

SCHOPENHAUER, A. El amor, las mujeres y la muerte.

 

Schopenhauer es un pensador antipático, aguafiestas, a veces cruel, y que además suele tener razón. El que escoja a Schopenhauer como guía en los asuntos de la vida escogerá a un guía difícil, dijo alguien, y es verdad. En el tema amoroso, que a tan altas cumbres nos puede llevar y nos ha llevado, este filósofo no reconoce más que lo expresado en esta larga cita: el ímpetu de la especie, el afán de los genes, diríamos ahora en el siglo XXI, por perpetuarse más allá de la muerte del individuo. En estos días en que se conmemora el aniversario de Darwin parece un referente de lo más apropiado.

Pero uno se enfrenta al mundo y a la ceniza terquedad de Schopenhauer con espíritu aventurero, o al menos así le gustaría pensar que lo hace, y de entre todos los héroes para ello escoge a Philip Marlowe, el heroico y perdedor detective de Chandler, seguramente porque le parece lo bastante alejado de Schopenhauer como para enfrentarse con él. Así que se pone metafóricamente la trinchera y el sombrero (con el aspecto de Humphrey Bogart pero, si puede ser, un poco más alto), y sigue indagando en la realidad para intentar llegar a alguna conclusión sobre el asunto amoroso más allá de la del viejo alemán, la cual, cierta o no, le parece, dicho sea de paso, bastante poco decente. Y es que nuestro Marlowe descree que el Cantar de los Cantares sea solamente producto del impulso de procreación; piensa que si William Shakespeare hubiera oído que sus sonetos eran fruto sin más de la animalidad de la especie hubiera corrido a gorrazos al filósofo; se negaría a creer, si los conociese, que los versos de San Juan de la Cruz provengan de un exceso destilado de testosterona carmelita que ha subido hasta el colodrillo.

Para ahorrarnos todo el metraje en blanco y negro, vayamos a la escena final de la historia. Marlowe aparece recolocándose el sombrero y llevándose un cigarrillo a la boca, mientras le dice al viejo carcamal que se ha sentado junto a él en un banco del puerto:

- Te olvidaste de una cosa, alemán: pesimista ante todo, creíste entender la realidad de las cosas. Te pegaste demasiado al suelo y no viste sino lo que tenías delante de los ojos. Has querido desactivar el amor romántico, pero el primer romántico eres tú, alemán. Tú conociste a Goethe. Tú estuviste en Florencia, en Roma. ¿Qué buscabas allí? ¿Nunca te rebajaste al mero romanticismo? ¿Nunca flaqueó tu espíritu? Sabes que lo que escribiste no es cierto.

- No hago más que representar un papel, dice el viejo, casi con desesperación.

- Y con eso no sacaste nada bueno, ¿eh?

Sus labios se abrieron en una sonrisa amarga.

- Por supuesto. Todo no es más que una representación. No hay nada más. Aquí dentro – se golpeó el pecho con la mano-, no hay nada. Antes había algo, Marlowe. Hace mucho tiempo. Bueno… creo que esto es el final de todo.

Se puso en pié y Marlowe hizo lo mismo. Le extendió la mano y se la estrechó.

- Hasta la vista. Me alegro de haberle conocido…, aunque sea por un momento.

- Adiós.

Se dio la vuelta y se encaminó lentamente hacia el tranvía. Marlowe escuchó los pasos que se perdían entre los ruidos del puerto. Después de un momento fueron haciéndose cada vez menos audibles hasta que se apagaron por completo. Sin embargo, siguió escuchando. ¿Para qué? ¿Hubiera querido que se detuviera de pronto, que regresara y disipara con sus palabras el estado de ánimo en que se encontraba? Bueno; de todos modos, no lo hizo. Aquella fue la última vez que lo vio.

 

Definitivamente, el mero materialismo era solo una parte del problema. Entre el exceso romántico de Werther y lo prosaico de las hormonas había de haber un camino intermedio. Marlowe se levanta y se pierde en la niebla de San Francisco, para proseguir la investigación a cincuenta dólares el día, más gastos.

 

09.03.09

Citas de El largo adiós, CHANDLER, R.

Wittgenstein y la verdad

También tenemos una ministra que habla mal porque piensa deprisa. (…) Lo curioso del asunto es que alguien presuma de pensar mejor, o más deprisa, de lo que habla. Resulta evidente que la expresión es la materia del pensamiento. No se puede pensar más allá de la expresión, porque el pensamiento es verbal. (…) Se dice "No sé expresar lo que pienso", como si tal cosa fuera posible.

LORIGA, R. Pensar deprisa. El País, 01/02/2009

 

De lo que no se puede hablar hay que callar.

WITTGENSTEIN, L. Tractatus logico-philosophicus, 1922.

 

A uno, hoy por hoy, solamente le interesan tres temas: el tiempo, el lenguaje y eso que de forma confusa se llama generalmente amor. De lo último ha intentado escribir y solamente ha obtenido más confusión. De lo primero, el tiempo, uno escribe todo el rato, y está en el fondo de cada texto. Del lenguaje uno escribe como excusa, e intenta recoger migajas de palabras que se pierden, de expresiones antiguas o de rastros de nombres que ya no se usan; son todos ellos como restos de otras formas de ver el mundo, y tal vez alguna de estas formas de mirar nos pueda servir a quienes vivimos en nuestra propia y particular confusión. Ahora, rememorando a Wittgenstein a través de Loriga, se ve que estas señales de otros mundos son también otra forma de pensar el mundo.

 

Uno se sienta a escribir porque es la única forma de pensar. No hay pensamiento más allá del lenguaje. Esto es, no hay forma de pensar si no es pensando; como hay forma de escribir si no es escribiendo. Lo que no se puede decir es porque no se puede pensar, y también le pasa a uno que se para a escribir porque algo bulle en su cabeza, algo que quiere salir pero que no ha encontrado el cauce de las palabras, la puerta de entrada al mundo, que es fundamentalmente inteligible.

 

Esta noche, por ejemplo, tres de marzo de dos mil nueve, uno se sienta al teclado con la cabeza ocupada por distintas cosas; unas se pueden expresar clara y distintamente y otras son solamente un sentimiento difuso, pero el impulso de escribirlo todo, de verbalizarlo todo, es el que le dirige a uno. A veces uno espera con curiosidad a que su pensamiento se decante en palabras para poder leerlas, entenderlas y, si hay suerte, entenderse a sí mismo; pero también a veces, cuando eso que tiene uno dentro aparece a nuestra vista, cuando de verdad nos damos cuenta de lo que hemos pensado, lo difícil es tener el valor de aceptarlo y expresarlo a los demás. En tal caso hemos de decidir si lo que queremos decir vale la pena, si la verdad vale la pena o es al menos soportable; y en ocasiones, decidimos, al contrario de Wittgenstein, que la cosa es al revés, y no nos queda más remedio que admitir que de lo que se puede hablar, a veces, también hay que callar.

03.03.09

Pequeño comentario intrascendente

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Merlyn only replied: "Even the Greek definition anthropos, He Who Looks Up, is inaccurate.

Man seldom looks above his own height after adolescence."

 WHITE, T.H. “The Book of Merlyn”

 

 

La poesía vive con nosotros todos los días; nos acompaña hasta en el diccionario, pero las más de las veces no nos damos cuenta. Buscamos la palabra azul:

 

azul. - (Quizá alterac. del ár. hisp. lazawárd, este del ár. lāzaward, este del persa lagvard o lažvard, y este del sánscr. rājāvarta, rizo del rey).

 

A la vista de esta retahíla etimológica, uno piensa que con seguridad habría cosas azules por aquí y que se las adjetivaría de alguna forma antes de que llegaran los musulmanes, pero si existía la palabra para tal función, parece que se ha perdido. Así que esta historia empezó en el sánscrito, es decir, en la India, y hacía referencia al “rizo del rey”. El cómo la expresión “rizo del rey” pasa a denotar el color azul puede ser objeto de todo estudio, o alternativamente considerarse una pieza ejemplar de poesía dadaísta: por lo que a uno respecta, es todo un misterio poético.

 

Pero la cosa no para ahí: ésta es la primera entrada, la definición de la palabra:

 

1. adj. Del color del cielo sin nubes. (…)

 

El académico encargado de redactar este artículo podría haberse limitado a describirlo con precisión científica (“del color de tal a tal longitud de onda”), pero no: se ha visto obligado a utilizar una figura literaria, un símil casi poético que equipara el color al del cielo, lo que por otra parte nos hace entender el término con mucha más rapidez y claridad que si nos describiera las cualidades físicas de la onda luminosa correspondiente al “azul” (¿quién dijo que la poesía no era útil?).

 

Así que este color, al que por extrañas razones designamos con una palabra de origen hindú, es uno de los más comunes, de los más elementales que nos podemos encontrar. Para que cualquiera lo viese, a lo largo de toda la historia y de todo el camino desde Bombay a Covarrubias, solamente hacía falta mirar hacia arriba un día soleado. Algo que, como decía Merlín, “rara vez hace el hombre después de su adolescencia”. Aquí creo que está la clave de todo este asunto.

27.2.09

 

 

Crisis

Plotino (204-270 d.de C.), fundador del neoplatonismo, es el último de los grandes filósofos de la Antigüedad. Su vida es coetánea de uno de los períodos más desastrosos de la historia romana. (…) La alegría sin complicación y la pena no son materia para la filosofía, sino más bien para los géneros más simples de la poesía y la música. Sólo la alegría y la pena acompañadas de su proyección en el universo engendran teorías metafísicas. Un hombre puede ser un alegre pesimista o un optimista melancólico. (…) Plotino es un ejemplo admirable de lo segundo. En una época como la que vivió, la desgracia es inmediata y urgente, mientras que la felicidad, asequible en todo, puede buscarse por su proyección sobre las cosas ajenas a las impresiones de los sentidos. Tal felicidad (…) puesto que no se deriva de del mundo cotidiano, sino del pensamiento y la imaginación, exige el poder de ignorar o despreciar la vida de los sentidos. (…) Entre los hombres que han sido desgraciados en un sentido mundano, pero han estado resueltamente determinados a hallar una felicidad más alta en el mundo de la teoría, Plotino ocupa un puesto muy elevado.”

Russell, B. “Historia de la filosofía occidental”.

 

En tiempos de tristeza e incertidumbre uno aprende mucho de sí mismo y de los demás. Sólo en tiempos de prueba se prueban los hombres, y se prueba también uno mismo, y se encuentra uno haciendo cosas que no pensó que haría. En estos tiempos se aprende que la decencia no es algo fijo e inmutable, sino que varía, se forja sobre la paradoja y puede llevar implícitas también la mentira y el engaño. La mentira, que aquí no es solamente decir lo contrario de lo que se piensa: es además decirlo mirando a los ojos, de frente, al que uno miente, sabiendo que le está engañando pero con el alma limpia de culpa, porque sabe que eso es lo que debe hacer en ese momento. La mentira aquí implica también mentir a unos o a otros sabiendo que ninguna opción es la buena, que siempre ha de hacerse daño a alguien, pero que lo que se le pide, porque se lo pide su conciencia (si es que tal término es admisible a estas alturas) es que uno decida a quién ha de engañar, quién ha de sufrir en cada caso, ya que ese sufrimiento implica el mal menor para la mayoría.

Plotino en tiempos de desolación se refugia en el Bien supremo, en el mundo de lo que no vemos y que para él es el verdadero. No es así en este tiempo: ya no hay idealistas en este mundo en el que nos manchamos de realidad y nunca hacemos las cosas de acuerdo al Bien, porque el bien humano no es el Bien divino y en el fragor de la batalla siempre sale alguien inocente malherido. En nuestro tiempo la bondad ya no es buena: ni la belleza es bella, quizá, o quizá la belleza hace tiempo que no tiene que ver con la bondad, y damos por hecho que ni Plotino ni Platón estaban en lo cierto.

Uno, que sin ser idealista siempre descree de la capacidad de las personas para entender el mundo, piensa que la belleza y la bondad están escondidas, o no son lo que son, o más bien son como el Eros de Platón, que no era hermoso y bueno sino poco agraciado e imperfecto, porque ésta era la única forma de poder amar y desear la Bondad y la Belleza: deseando lo que no era, lo que aún no poseía.

24.2.09

De santos y cantos.

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En la Basílica de San Vicente, de Ávila, hay una placa que reza lo siguiente:

 

ANTONIO FERNANÐEZ Y JVSEFA GVTIEREZ SV MVGER DOTARON EN ES[T]A IGLESIA VNA MISA PERPETVA CADA SABADO EN EL ALTAR Ð NVESTRA SRA Ð LA SOTERAÑA POR SVS ANIMAS Y Ð SVS ÐFUNTOS Y POR LA DEL LICENCIADO ANTONIO FERNANDEZ SV HIJO GRADVADO POR LA VNIBERSIDAD DE SALAMANCA Y COLEGIAL EN EL COLEGIO Ð S MIGVEL DEL ARÇOBISPO FINO EN 7 Ð OTVBRE Ð 1621 ESTA ENTERADO EN LA QVARTA SEPVLTVRA DESTE PILAR ADONÐ SEANÐ ÐCIR LOS RESPONSOS ÐSTA DOTACION

 

Como ésta hay muchas otras sepulturas y lápidas que recuerdan a quienes venimos a visitar o a quienes rezan en la iglesia, que allí yacen estos buenos cristianos; estos cristianos que dotaban sus sepulturas, se entiende que para que no se las quitasen con los siglos; estos buenos cristianos, más pudientes, se supone, cuanto más cerca del altar mayor.

 

El caso es que la basílica conmemora algo que pasó aquí hace casi mil setecientos años, fecha presumible del martirio de los santos Vicente, Sabina y Cristeta. Así que cuando Antonio Fernández y Josefa Gutiérrez encargaron la lápida para su hijo la iglesia era ya vieja, tanto que había habido que ampliarla varias veces; era templo de noble historia, iglesia grande de Castilla, jurandera como Santa Gadea o San Isidro, aunque esté aquí, extramuros y un poco como en fuera de juego de la ciudad.

 

Antonio Fernández y Josefa Gutiérrez son, con la perspectiva del tiempo, casi coetáneos de Teresa de Jesús, quien al parecer era aficionada a bajar a la cripta y orar ante la Virgen de la Soterraña. Cabe pensar que la futura santa, que aunque ya había dejado este mundo cuando sufragaron la lápida no había sido beatificada aún, fuera para ellos una figura cercana, o que al menos la verían alguna vez; o quizá conocieron a su familia, que era gente de posibles y de buena cuna, y que seguramente sufrió cierta mortificación por la mala fama que en ocasiones arrastró la santa en vida. Ávila ofrece al visitante hoy, en febrero de dos mil nueve, su imagen de austeridad, de recato permanente, y uno piensa que es por el frío castellano que limpia esta tierra de adornos y voluptuosidades: tanto más acentuada sería esta atmósfera en el siglo XVII.

 

En la basílica de San Vicente se mezclan historias de todo tiempo, historias ya milenarias que fueron para sus contemporáneos tan graves como para nosotros son nuestras miserias, nuestras crisis y nuestros dolores de corazón. En otro relato, en otro contexto, uno invocaría las ánimas de los difuntos enterrados en la basílica de san Vicente, rondando sus sepulturas, la cripta y el atrio, o dando vueltas a la muralla de Ávila, que está a tiro de piedra; uno románticamente invocaría a los santos Vicente, Sabina y Cristeta, y al judío converso que inició las obras de la primera iglesia que aquí hubo. Pero uno no cree en fantasmas si no son los que nos inventamos cada uno, y no cree en historias si no son las que ha visto o leído con sus ojos. Sin embargo, al entrar en el templo de San Vicente, conociendo su devenir, uno siente el peso de los años de esta fábrica; y sabe que Antonio Fernández y Josefa Gutiérrez no están por aquí en ánima ni en cuerpo, y que la lápida que encargaron ha de sobrevivir incluso a la calavera de su hijo; pero como uno ha visto a unos padres perder al suyo, como eso lo ha vivido alguna vez personalmente, siente lástima por Josefa y Antonio a una distancia de casi cuatrocientos años; y casi le gustaría rezar, le gustaría poder saber rezar, como manda la piedra, por el hijo de Antonio, y por Antonio, por Josefa y por la Santa, y acompañarles a lo largo de los siglos en esta iglesia de San Vicente, que ha de sobrevivirle a uno, que nos ha de sobrevivir a todos con sus lápidas y su historia y sus tumbas dotadas de misas perpetuas.

 

22.2.09

 

 

 

Elogio del diletante

Algunos lo saben todo de algo, pero nadie sabe algo de todo. Hoy en día es fácil escarbar en cualquier tema, por peregrino y bizarro que parezca, y encontrar en el piélago que es Internet toneladas de información sobre el mismo. Búsquense datos sobre cualquier materia existente, e incluso inventada, y cumpliendo la promesa evangélica, se hallarán. Opínese sobre cualquier asunto en cualquier foro y más pronto que tarde la opinión será rebatida furibundamente, apoyada con datos que uno desconocía, o directamente será uno tachado de zote con saña inusitada y descortés.

 

Como el príncipe Hamlet, uno podría estar encerrado en una cáscara de nuez y contarse rey del espacio infinito; encerrado en la cáscara de lo nuestro, nuestra especialidad de la que creemos conocer todo (pero siempre hay alguien que sabe más), y en la que creemos estar seguros; seguros contra el mundo. Así que es precisamente nuestra natural inseguridad la que nos lleva a querer ser expertos en una sola cosa, o quizá se trata de un espejismo colectivo que asume que el todo es solamente la suma de las partes, que una sociedad de expertos en mundos minúsculos e insignificantes lleva a la sabiduría global, a una especie de hormiguero docto y planetario, lleno de hormigas ignorantes y prescindibles.

 

El diletante, o incluso el erudito a la violeta, sabe cosas de casi cualquier tema, pero en ninguno es experto. Querría ser erudito de verdad en todos los campos, pero llega solamente a aficionado al todo, que es como decir aficionado a cualquier cosa, o más claramente, diríamos que cualquier tontería le provoca curiosidad. En nuestros días, además, uno cree que hay que desposeer al diletante del aire de sofisticación, de profesor universitario con pajarita, que pudiera tener; a lo mejor hace falta inventarse un término nuevo. Un diletante contemporáneo podría interesarse hoy por literatura anglosajona y mañana por la música de Sex Pistols; en la mesilla de noche tendrá un ensayo sobre las formas de escribir historia de Heródoto y Tucídides encima del último número de El Jueves. No importan los temas de su diletancia: lo que importa es que nada de lo humano le sea ajeno; esto es, lo que importa es que cualquier cosa le despierte algún interés.

 

Porque el valor de esta figura está en la visión sobre lo humano que puede ofrecer. Como un enciclopedista escéptico y gandul, el diletante tendrá un conocimiento parcial, incompleto, de la vida, pero abierto. Ya se ve que uno intenta ir por ese camino, e incluso a riesgo de quedarse en ser sólo un ignorante universal, un picaflor de la cosa humana o un erudito violetero de la cultura, prefiere cultivar la curiosidad con ánimo de saber algo de todo; aunque si hay algo que verdaderamente sabe es que saber algo de todo es imposible.

19.2.09

nueva digresión de temática amorosa sobre un texto de Ibn Hazm

 

“Corrobora esta opinión el hecho de que sabemos que existen diferentes suertes de amor. Es el mejor el de los que se aman en Dios Honrado y Poderoso (…). Pero hay, además, el amor de los parientes; el de la afectuosa costumbre; el de los que se asocian para lograr fines comunes; el que engendran la amistad y el conocimiento; el que se debe a un acto virtuoso que un hombre hace con su prójimo; el que se basa en la codicia de la gloria del ser amado; el de los que se aman porque coinciden en la necesidad de guardar encubierto un secreto; el que se encamina a la obtención del placer y a la consecución del deseo; y por fin, el amor irresistible que no depende de otra causa que de la antes dicha de la afinidad de las almas.”

Ibn Hazm de Córdoba, El Collar de la Paloma.

 

Solamente vivimos plenamente durante unos pocos meses en toda nuestra vida. El regalo completo y definitivo se nos da un tiempo muy limitado, el suficiente para entrever el amor perfecto, la llama de amor viva / que tiernamente hiere, de Juan de la Cruz. No es de extrañar que la mayor parte de nosotros procuremos olvidar ese momento, perderlo en el piélago insulso de las vivencias cotidianas, ya que largos años hemos de convivir con el vacío, con el tedio, con la nada, antes de ser verdaderamente polvo, ni siquiera polvo enamorado.

Al tiempo que releía a Juan de la Cruz uno ha llegado, por casualidad y por otros e insospechados caminos, a Ibn Hazm de Córdoba, y no puede menos que sentir una infantil ilusión por este escritor, nuevo y maravilloso para uno. Ibn Hazm describe con precisión casi quirúrgica el proceso, los síntomas y la dolencia amorosa. Ibn Hazm de Córdoba es compatriota nuestro aunque algo ajeno a nosotros, ya que escribe desde el idioma y la perspectiva de los omeyas, pero ecos suyos se encuentran en el mayor experto del amor de nuestra lengua, que a juicio de uno es Juan de la Cruz. Para Ibn Hazm, que en modo alguno era un romántico avant la lettre, el amor perfecto se da en la comunión completa de las almas, en un estado de atracción mutua irrefrenable que solamente puede explicar la convivencia anterior en el mundo de las ideas. Ya se ve que Ibn Hazm tenía buena noticia de Platón.

Juan de la Cruz era, paradójicamente, más realista. Seguramente buen conocedor de la realidad mundana del amor, sabe que la figura perfecta del otro, la comunión completa, no se puede dar en este valle de lágrimas, imperfecto e injusto, donde el otro tiende a tener defectos o directamente ser nido de maldades. Ante esta situación decide que el Amado para él es el Otro Divino. Ese Ser Divino es una idea del amor huidiza, tal vez inexistente diríamos nosotros, habitantes de la escéptica contemporaneidad, que Juan de la Cruz personaliza en el Amado (en el Divino Amado) perseguido una y otra vez, acaso entrevisto, pero nunca encontrado y plenamente poseído o más bien poseedor del que lo busca.  

Lejos de todo romanticismo, es un hecho objetivo que durante unos meses, normalmente cuando uno es lo suficientemente joven como para no estar todavía completamente corrompido por el mundo, a todos les es dado vivir en comunión espiritual con el Amado. A este proceso se le llama enamoramiento (es sabido que en él las hormonas juegan un papel importante), para separarlo del amor verdadero, término confuso que a menudo oculta el tedio y la rutina de la convivencia sin sentido. El enamoramiento, por ponerlo en palabras que se entiendan en nuestro tiempo, implica una descarga importante de sustancias químicas que nos llevan al séptimo cielo.

Sin embargo, sustancias químicas aparte, uno es de la opinión de que es un hecho cierto (y que la mayoría habría de reconocer si realizara examen de conciencia) que normalmente la persona amada no existe, es una imagen, una proyección: el Amado es lo que uno idealiza del Amado, una especie de Dulcinea para el Quijote que somos cada uno en algún momento de nuestra vida. Así que la expresión amor platónico, entendido tal amor como algo ideal, no correspondiente a la realidad, es errónea; los platónicos creían verdaderamente en la comunión de las almas, en el amor de Ibn Hazm, completo e irrefrenable porque dos almas verdaderamente se sentían atraídas sin remisión la una por la otra. Durante ese tiempo, en el momento en que las almas se encuentran y sienten esa atracción, aunque dure unos pocos meses o incluso un solo día, aunque sea la ilusión de un alma por otra inexistente, es cuando verdaderamente vivimos con plenitud, y esa es la tesis de este escrito. Por eso Juan de la Cruz anhelaba tanto el encuentro con el Amado, y cifraba en el enamoramiento el supremo temblor del alma: porque en ello le iba la vida, la que acaso ya había vivido en algún momento de su mocedad, cuando aún era capaz de enamorarse.

16.2.09

 

Los dobles

 

En aquel tiempo buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha, ahora las mañanas, el centro y la serenidad (…)

 

Borges era culto, desocupado, ciego y sedentario. Pasado el sarampión juvenil en que se acercó a poetas modernistas o ultraístas, desarrolló una literatura compleja, basada casi siempre en asuntos intelectuales. Sus cuentos cortos (nunca escribió una novela) tienen que ver con el tiempo, con la metafísica, con la geometría, con la historia de la literatura; descreyó de la innovación en el arte, prefiriendo aferrarse a unas cuantas metáforas que se repiten, las únicas verdaderamente profundas. Sus personajes se mueven entre lo intelectual puro y la épica; casi nunca escribió sobre asuntos sentimentales, y cuando lo hizo fue de una forma fría, ajena, casi como disculpándose. Borges era políticamente conservador, pero sobre todo fervientemente enemigo del populismo.

 

El primer cuento corto de Cortázar se publicó a instancias de Borges. Sin embargo, Cortázar era el contrario de Borges: alto, con aires de modernidad, comprometido políticamente con la izquierda, a Cortázar le interesaba Francia, la novedad, la sorpresa y el Jazz. Vivó más tiempo en París que en ningún otro sitio, y se casó varias veces. Su obra tiene un eje principal, que es Rayuela. Escribió cuentos cortos y tradujo mucho; en su obra aparece cierto gusto por lo intelectual, pero sobre todo escribió sobre personas, personajes imaginarios, caracteres a veces pintorescos; nunca desdeñó la sorpresa ni el amor carnal, pasional; aventuró el esfuerzo de crear palabras, de escribir sobre temas imposibles (como en Instrucciones para subir una escalera). Su preocupación política se traduce claramente en su literatura, que rara vez trata de literatura.

 

Borges y Cortázar no son opuestos, pero sí radicalmente distintos. Hay sin embargo cierta familiaridad en los textos de ambos, un aire de perplejidad común en la forma de tratar los temas. Quizá porque escribieron en la misma época. A uno le interesa la idea del contrario, el oponente si se quiere. El oponente puede serlo en lo profesional o en lo personal. En este último caso la relación es estéril. Pero la oposición en lo que uno hace es normalmente fructífera, porque obliga al esfuerzo y a la superación.

Al cabo de veinte años la figura de Borges parece agrandarse y no tener fin, referirse a asuntos de cualquier época; la de Cortázar parece quizá excesivamente arrimada a lo temporal, lo propio de su época y de su tiempo, aunque siga deslumbrando su estilo y su pasión. A uno le gustaría pensar, citando a uno de ellos, que son solamente un escritor, que un autor único escribió de todas las cosas, las humanas y las del mundo de las ideas.

13.2.09

Elogio de los villanos

Lee uno la reseña de una exposición de Francis Bacon. Su vida es tormentosa, y su pintura la de un genio. Es de esperar que no fuera una buena persona. Es de esperar que fuera desagradecido, pendenciero, envidioso; que maltratara a gente, que la utilizara, que engañase a los que le quisieran.

Recuerda uno la vida (no hay muchos datos) de Cervantes. Fue soldado y como tal se vería obligado a acciones poco honrosas; fue recaudador de impuestos, estuvo en prisión, seguramente por un delito del que fuera culpable. Y sin embargo escribió palabras casi eternas, de sabias. El hombre que nos dejó quizá el discurso más emocionante de la lengua castellana, que uno transcribe aquí tecla a tecla, y no copiándolo sin más, como tantas otras cosas, porque le da gusto hacerlo:

 

“…y volviéndose a Sancho, le dijo: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres le dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.”

 

Las palabras son eternas, pero son villanos los que escriben estas cosas. Aunque también otros fueron peores y sin embargo nos dejaron obras sin parangón. ¿Qué es lo que hace que la persona singular sea capaz de lo mejor y de lo peor? Sociópatas, gente de la que uno saldría huyendo si se le cruzaran por la calle, son en otros ámbitos, en otros tiempos, dignas de toda la admiración.

Uno aventura una explicación, como siempre, literaria. Borges llamó la atención sobre Wakefield, el singular personaje de Hawthorne, y explicó que cuando Wakefield es capaz de un acto sorprendente, insospechado, se transforma; su rostro pasa a tener otro aspecto, porque ha pasado de lo cotidiano a lo extraordinario. Lo extraordinario, en su caso, es de una maldad grande. Pero acaso lo extraordinario fuera el propio Wakefield: el hecho en sí, la mala acción, es un resultado de su personalidad, de su genio. Se manifiesta sin miramientos a sus consecuencias, tanto como un ataque al orden establecido como un golpe de genialidad. Ambas son transposiciones del orden de lo real, de la estructura existente. El genio traspone ese orden y lo cuestiona; también lo redefine, sin atender a reglas ni convenciones, a veces a costa de grandes pérdidas y sacrificios de su persona o de las personas que le rodean.

 

Uno tiene la sospecha, más bien la certeza, de que nunca será malo. Siente una náusea natural a engañar al otro. Piensa siempre primero que el prójimo le está diciendo la verdad, y sólo después, y a destiempo, que el otro le puede estar intentando engañar. Sufre de tendencia a preocuparse por el destino de los demás, a pensar que él siempre podría haber hecho algo más por el otro, a ponerse en su lugar. Ante el drama inminente, uno tiene tendencia a la depresión antes que a la indignación o a la acción desesperada. Indigno de un destino heroico o trágicamente desastroso, pero sin carisma ni voluntad al martirio, uno está condenado a la masa informe de los que no son ni santos ni villanos. A la mediocre bondad relativa de lo cotidiano. Hace tiempo que uno se resignó a no ser un genio; es más, la mayor parte del tiempo uno no es ni siquiera un poco perverso.

09.02.09

Nieva en Castilla

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Castilla nevada. Uno ha podido recorrerla en un día, conduciendo desde el norte de Burgos, la Castilla más vieja, hasta la Somosierra, y casi entera estaba blanca. A uno ya le emocionan los paisajes cambiantes de Castilla en toda época, sin necesidad de añadidos; Castilla, que algunos (seguramente porque no la conocen) piensan monótona y constante. Pero hoy, al ver las llanuras, los cerros y los montecillos nevados, recortándose caligráficamente los elegantísimos esqueletos de los álamos en hilera, ofreciéndose pinos o encinares grises cenicientos de la nevada, se le ha regalado a uno un espectáculo físico y espiritual que se resume en cierta infantil e inexplicable alegría, casi completa; un poco, por intentar torpemente explicarlo, como la embriaguez que produce el enamoramiento de los quince años.

 

Hoy se viaja en coche y en un par de horas cruzamos toda Castilla. Así, a toda velocidad y alegre, uno echa de menos alguien a quien regalar este espectáculo, un compañero a quien mostrar todo esto. Como si fuera suyo, como una obra propia de la que enorgullecerse; y en cierta forma lo es. Con la mano libre del volante intenta sacar cuatro fotos del panorama, para llevarle algo de esta belleza a los que quiere, como esos ceniceros inútiles que rezan Recuerdo de Granada, que se regalan a quienes se quedaron en casa y no pudieron admirar la Alhambra.

 

Tan rápido se viaja que al cabo de un par de horas uno deja a sus espaldas la letal belleza, la muerte dulce de Castilla nevada, y se encuentra la niebla espesa y la nevada en Somosierra. Un coche frena y obliga a su vez a frenar a los siguientes, en peligrosa maniobra. Como un giróscopo que pierde fuerza, el espíritu pasa de un equilibrio imposible, de una alegría casi completa, a la caída desordenada; del éxtasis a la desolación. Quiere decirse que de repente, a uno se le entristece el alma, y se pregunta cómo es posible que, sin razón aparente, en estas cosas que le pasan a uno según va viviendo, se le dé la alegría tan de repente y también a continuación la tristeza.

 

Sentado ya de noche y escribiendo estas líneas, uno se da cuenta de que, en el fondo, la nieve siempre le ha recordado el famoso párrafo final que Joyce escribió en The Dead, de Dublineses. Y entonces se lo explica todo.

 

06.02.09

 

A few light taps upon the pane made him turn to the window. It had begun to snow again. He watched sleepily the flakes, silver and dark, falling obliquely against the lamplight. The time had come for him to set out on his journey westward. Yes, the newspapers were right: snow was general all over Ireland. It was falling on every part of the dark central plain, on the treeless hills, falling softly upon the Bog of Allen and, farther westward softly falling into the dark mutinous Shannon waves. It was falling, too, upon every part of the lonely churchyard on the hill where Michael Furey lay buried. It lay thickly drifted upon the crooked crosses and headstones, on the spears of the little gate, on the barren thorns. His soul swooned slowly as he heard the snow falling faintly though the universe and faintly falling, like the descent of their last end, upon all the living and the dead.

 

Unos ruidos sordos le hicieron volverse hacia la ventana. Había empezado a nevar de nuevo. Miró soñoliento los copos plateados y oscuros, caer inclinados sobre la farola. Para él había llegado la hora de partir en su viaje al oeste. Sí, los periódicos estaban en lo cierto; la nieve era general en toda Irlanda. Caía en todas las partes de la oscura llanura central, sobre las colinas desnudas, cayendo suavemente sobre los pantanos de Allen y, más hacia el oeste, suavemente descendía sobre las turbulentas aguas del Shannon. Caía también sobre cada rincón del cementerio sobre la colina en la que Michael Fury yacía enterrado. Se acumulaba espesa sobre las cruces torturadas y las lápidas, sobre los barrotes de la pequeña cancela, sobre los estériles espinos. Su alma se fue desvaneciendo poco a poco mientras oía la nieve caer suavemente en el universo, y suavemente caer, como en el descenso de su final postrero, sobre todos los vivos y los muertos.

Evocación de un poeta

Luis Sánchez Marinero (1931-1975) es uno de los poetas menos conocidos del siglo XX en España. A este hecho ha contribuido seguramente el que no haya sido posible adscribirlo a ninguna de las corrientes, o generaciones, que se han descrito en el género poético. S. Marinero escribió siempre de una forma ecléctica, poco organizada, y entre sus poemas se cuentan sonetos casi clásicos, versos vagamente surrealistas o prosa poética cercana al hermetismo. Publicó tres libros en vida, y ninguno de ellos tuvo éxito. Algún texto aislado en Ruedo Ibérico completa la magra colección de publicaciones del autor.

Si bien no se conoce de cierto, parece ser que mantuvo alguna relación con el llamado grupo de Barcelona, y hay indicios de que trató bastante a Jaime Gil de Biedma. Aparte de esa relación, sus escritos están desprovistos de los aspectos más líricos o agridulces del poeta barcelonés, siendo normalmente mucho más austeros y oscuros. En ese sentido, L.S. se acerca más bien a la poesía de Valente, o anticipa los versos reconcentrados que más tarde escribiría Gamoneda. Ciertas concomitancias, no siempre literarias, le unen a autores más alejados de las camarillas literarias, como Fonollosa, con quien mantuvo alguna correspondencia.

Personalmente, las reseñas son pocas y confusas. Su familia pereció casi entera en la guerra (recuerdos o evocaciones aparecen en algunos de sus versos: “descarnada infancia no sentida, madre, ya no te recuerdo”; “de noche me visitan mis ancestros / con las entrañas abiertas de las bombas”). Este drama infantil subyace en lo que parece un miedo profundo al contacto humano, una tendencia natural a la misantropía y la soledad. No se le conoce esposa ni amante, y de hecho vivió la mayor parte de su vida solo.

Sorprendentemente, el tema que más domina en su poesía es el amoroso, bien es cierto que casi siempre enfrentado a la idea de su contingencia, de su temporalidad:

 

El teléfono

Se cuela tu voz, delgada y sencilla,

en el otro extremo del cordón que nos une;

se oye lejana, como el día futuro

en que nos juntemos y seamos uno.

La noche se escapa vaciando mi pecho,

la vida latiendo por mis venas huye

descontando el tiempo marcado que tengo,

y yo, insomne, vivo solamente ahora

para recordar el bálsamo amargo

de los dos minutos que he hablado contigo.

(1958, Alba Negra)

 

Otro de los temas fundamentales de Sánchez Marinero es la concepción imperfecta o malvada del alma humana:

 

Me veo obligado a engañarte,

a ti, a quien más quiero,

me veo obligado a mentirte,

a ti, que eres transparente,

me veo obligado a ocultarme de tu presencia,

de ti, que te presentas sin doblez;

y con todo, es mi propia naturaleza la que me guía,

y si así no me condujera,

te estaría engañando doblemente.

(1965, Tergiversaciones)

 

Lo interesante de este autor es que no lo conocemos personalmente, que su vida privada no existe para nosotros. Se pide aquí un ejercicio de reconstrucción de esta persona a partir de las poesías, una labor forense de su personalidad a partir de lo que trasluce un pensamiento no racional. La realidad está compuesta de muchas facetas, y si, como dijo Berkeley, ser es ser percibido, la única realidad de este autor, más que de cualquier otro, es la que construimos al leer su obra.

04.02.09

Digresión de temática amorosa, sobre un texto de San Juan de la Cruz

¿Le cabrá a uno hablar del amor? De un tiempo a esta parte, no tiene uno embozo en escribir de casi cualquier cosa, así que por qué no hablar de ésta, la que ocupa más tiempo en la mente de los poetas.

Hay tantas cosas que hablar del tema que ya casi se han dicho todas. Uno duda, con espíritu racional y contemporáneamente escéptico, sobre la capacidad del amor para llenar la vida, y del carácter de esta emoción, o pasión, que todo puede ser. En nuestra mente, que a lo largo de los siglos de costumbres y educación más o menos racional ha establecido compartimentos estancos, hay varios tipos de amor. Son distintos el amor humano, el amor divino, el amor fraterno, el filial, el del amigo y el del amante.

Pero en una noche de febrero, atendiendo quizá a los vapores de la bebida, uno duda de lo anterior, y como en estos casos se debe hacer, recurre a los sabios en el tema, para que le ilustren.

 

¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?
Acaba de entregarte ya de veras;
no quieras enviarme
de hoy más mensajero
que no saben decirme lo que quiero.

Para Juan de la Cruz había grandes concomitancias entre el amor humano y divino. Para el autor del Cantar de los Cantares, estaba claro que el amor era único y común. Platón, Agustín, estarían quizá de acuerdo.


Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjanme muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.

Aquí se pierde la razón, en más de un sentido. Aquél que siga adelante, que pierda toda esperanza, decía Dante: aquél que siga leyendo, que pierda toda razón, diría uno: los racionales pueden dejar de leer ahora mismo.


Mas, ¿cómo perseveras,
¡oh vida!, no viendo donde vives,
y haciendo por que mueras
las flechas que recibes
de lo que del Amado en ti concibes?

¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?

Juan de la Cruz, al menos formalmente, no conoció más que el amor divino, el amor fraterno, el amor filial. El amor carnal, que arrebata los pensamientos, ése quizá le fue ajeno. No así al autor del Cantar de los Cantares, de quien bebe el de Fontiveros, y que seguramente con tanta sabiduría nos enseñó que no hay especies de amor, que todo amor es completo, generoso y total si es verdadero, sea el que sea.


Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacedlos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre de ellos,
y sólo para ti quiero tenerlos.

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

El amor ansía la presencia del Amado. ¿Hay amor sin amor físico, carnal? Ahora se abusa de la figura de amor como sexo, la presencia inexcusable en nuestros días del sexo. Este concepto es una máscara seductora detrás de la cual yace la idea del amor como compartimentos estancos, inmiscibles. Pero la presencia y la figura es también el abrazo, y la propia presencia física del otro, y encontrarse las miradas más de un instante.

Y algo más oscuro, porque la presencia del Amado, cuando este es la Divinidad, es la muerte. Juan de la Cruz ansiaba tal entrega, tal final. ¿También pensaba que el final del amor profano es la entrega física?


¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

Tanto amor para tan poca cosa que somos. Y nosotros mismos nos ponemos coto, con límites y cesuras artificiales, con divisiones artificiales, con razones artificiales. El impulso amoroso verdadero no conoce límites. Quién pudiera volar como el poeta, y amar como el poeta, sin límites, de forma total y absoluta.


¡Apártalos, Amado,
que voy de vuelo!(…).  

 

2.2.09

Sobre un poema de Agustín García Calvo

de Agustin GARCIA CALVO ( Libre te quiero):

 

Libre te quiero,
como arroyo que brinca
de peña en peña.
Pero no mía.

Grande te quiero,
como monte preñado
de primavera.
Pero no mía.

Buena te quiero,
como pan que no sabe
su masa buena.
Pero no mía.
Alta te quiero,
como chopo que al cielo
se despereza.
Pero no mía.

Blanca te quiero,
como flor de azahares
sobre la tierra.
Pero no mía.
Pero no mía

ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.

 

http://abraxas.blogspot.es/img/hito.jpg 

 

Todas las palabras de este poema son sencillas, conocidas y aún corrientes. El pan, el monte, la flor, la tierra. Todas han existido durante siglos, y generaciones de hombres han pasado por ellas y las han usado sin pensar en su esencial belleza, que sin embargo no ha llegado a desgastarse. El arroyo, el chopo, la piedra, la primavera. Las han usado los poetas de todos los tiempos, y les han cambiado el sentido, y las han enredado en metáforas complejas, pero como cantos rodados han llegado a ser más hermosas con el uso y el pasar del tiempo.

Ahora queda el poema, escrito anteayer, con las palabras de siempre. Y nada nuevo hay en ellas, nada complicado se dice, los versos son sencillos y claros, como si no los hubiera escrito un poeta, como si pudiera haberlos escrito cualquiera; y con todo, el poema es nuevo, luminoso. Quién pudiera escribir así el poema, hecho de las palabras elementales, sin doblez, claro y perfecto, como la perfecta donación, como el amor perfecto que refleja y que a uno le queda tan lejano.

30.12.08

El hombre que pudo reinar

http://abraxas.blogspot.es/img/bailanderos_lr.jpg 

El relato de Kipling con este título (y seguramente más la posterior película de Huston) han dado a conocer un ejemplo del prototipo del hombre de fortuna británico victoriano del siglo XIX; un prototipo posteriormente denostado y casi derribado, pero que no deja de tener sus virtudes.
Dravott, el protagonista destacado de la obra de Kipling, no es un ejemplo de virtud. Es mentiroso, racista, temerario; pero también es constante, hábil, lleno de recursos; como todos, tiene sus luces y sus sombras. Lleva adelante un plan megalómano para llegar a ser rey en un país remoto, incivilizado. Lo consigue, a base de engaños y arrojo; en ese camino pisotea a mucha gente y encumbra a algunos; se vale de la suerte, de la artimaña y la debilidad de los otros, tal y como hicieron los británicos en sus colonias; pero igualmente les muestra una posibilidad de progreso, una organización social con mecanismos de orden y prosperidad mejor que la que tienen; aunque también (pero esto ellos no lo saben) sin vuelta atrás. El hombre que fue rey también sufre la borrachera del poder, y creyéndose invulnerable dicta mandatos, que su pueblo se ve obligado a obedecer, que van contra la naturaleza de su situación.
Se podría decir que la literatura británica ha tenido como tema subterráneo e incesante el poder y las relaciones entre el poder y los hombres; en esta tradición, el cuento de Kipling es una excelente reflexión, quizá un poco optimista, sobre la naturaleza del mismo: el poder surge de pulsiones turbias, egoístas, rara vez nobles y desinteresadas; pero también es capaz de obras notables y de mejorar la vida de los pueblos; no es descartable que haya poderosos a los que, de forma puntual y diríamos contra su propia naturaleza, les pueda mover el sentido de la responsabilidad y del bien común.
El hombre que pudo reinar es finalmente derrocado, en parte por sus errores; su destino final será la condena a muerte. Y es aquí donde verdaderamente surge la grandeza del personaje: en la aceptación de su destino y de sus fallos. En un momento de lucidez y de bizarría, asume su situación y afronta la ejecución con honor, y con un muy británico desprecio por sus ejecutores. Aquí es donde el hombre se vindica y adquiere su verdadera talla, donde la historia se traslada al género épico. Dravott consigue ser honorable en la derrota, no en la victoria. Uno piensa que en estos tiempos de incertidumbre, en que tantos pueden estar abocados a sufrir el sabor del fracaso, no estaría mal recuperar algunos de estos valores.

21.12.08

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